jueves, 31 de agosto de 2006

Vecinos

Era una viejecilla arrugada, renegrida y con un acento andaluz vagamente amurcianado por el paso del tiempo. Tenía un nombre luminoso y antiguo que la pereza de las gentes sencillas se encargó de transformar -penosa conversión- en un simple ácido; y así pasó de Áurea a “Urea” sin comerlo ni beberlo, sin rebelarse contra un sinsentido que sólo quedaría aclarado “ad eternum” sobre la lápida que –supongo- ahora la cubre.

Un generoso cargamento de años y el cuarto piso sin ascensor, nos fueron hurtando su presencia de forma progresiva hasta el punto en que no tengo constancia alguna sobre cuando la vi por última vez.

En justa y necesaria contraprestación, su hijo menor sí que era habitual en los juegos del barrio. Me superaba este en unos tres años y alimentaban su escuálida figura los primeros equivocados vapores de superioridad que alcanzo a recordar. Lo que el vulgo restó de nobleza al nombre de la madre, esta lo cedió con largueza al del hijo: lo llamaron Reinaldo y se le conocía como “El Rey”.

Completaban la familia otros dos hijos mayores bautizados también en clave regia (Isabel y Fernando) y el pater familia.

De Isabel y Fernando guardo pocos recuerdos, ya que rápidamente formaron familia propia y abandonaron el edificio, pero “del Rey” aún tengo chispazos que me alegran los momentos de tedio. Sirva como muestra el siguiente botón:

Hasta que tuve unos cinco años y él sobre ocho, era habitual que en el desarrollo de nuestros infantiles juegos, me mirara de medio lado y esputara despectivamente: “ERES UN IMBERBE”. Invariablemente quedaba yo inmovilizado ante aquel desconocido palabro, como previo paso a una mohína y derrotada vuelta hacia casa, en busca del habitual lugar de rumia -la soledad de mi cuarto- en que superar las casi diarias humillaciones.

Y así seguimos hasta el día en el que el diccionario “Everest” me abrió la mente con una precisa definición que dejaba al descubierto la exactitud en su utilización por parte de aquel joven prócer lingüístico. Eso sí, en el preciso momento en que cerré el mágico libro -triste por haber sufrido inútilmente y feliz por lo mismo-, allí mismo comenzaron mis dudas –hoy ya confirmada impresión- sobre el frágil hilo que unía la superioridad intelectual o moral con la edad biológica.

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