viernes, 1 de septiembre de 2006

Vida de uno

Aún en el hospital, se pide a un auxiliar algo para guardar la ropa y al rato una persona de cara aburrida trae una bolsa de basura. Perfecta metáfora y continente para unas prendas tristes y sin esperanza. A fin de cuentas es ropa de vestirse por no ir desnudo, zapatos de no andar… Un vestuario de espera que no merece mejor final que este.

La limpieza de la habitación se resume en un veloz paño por encima de casi nada y una posterior huida despavorida sin fijar los ojos en nadie. Manchas ocres -que parecen sangre vieja- en las paredes pintadas de un blanco sucio rayado y superado por los años completan el decorado.

Lo último que conseguí mover fueron los ojos. Después, acompañado por una respiración sin vida que parecía de otro, comprendí que sólo me quedaba recordar, pensar con calma en mis años de seminario…

Todo comenzó cuando un grupo de beatas aceptó hacerse cargo de la limpieza del templo parroquial. Mi madre formaba parte de la brigada anti polvo y eso nos permitía corretear por todos los recovecos de la iglesia a nuestras anchas -en pocos días habíamos dejando en mantillas al gran Guillermo Brown.

Recuerdo con especial regocijo aquella temporada de luchas a espada en que por fin pudimos desplegar todas las enseñanzas obtenidas de las continuas lecturas de “El Jabato” y de “El Corsario de Hierro”. Eso sí, a falta de aceros toledanos de los que servirnos, optamos por echar mano- inadvertidamente- a un par de fémures huérfanos y desamparados.

El “armamento” utilizado databa de los años en que una riada había arrasado el cementerio municipal -ubicado en la rambla que bajaba toda el agua de los montes y escombreras mineras- quedando, de resueltas de aquello, montoneras de huesos desparejados.

Al no saber qué hacer con ellos, los poderes fácticos decidieron que sería responsabilidad de la iglesia su custodia hasta encontrar nuevo acomodo. Intuyo que el cura, ante la duda de si eran huesos sagrados –enterrados en tierra bendecida- o de aquellos otros de la parte más agreste en la que se enterraba a los suicidas, los pasó de forma temporal a un saco de arpillera y, posteriormente olvidados, alguien acabó arrumbándolos en el rincón oscuro -entre la sacristía, el baño y la escalera que daba al piso superior de la parte menos santa del edificio. Lugar de reunión, entre otras, de la asociación de alcohólicos anónimos- del que los cogíamos nosotros para emular a nuestros héroes de los tebeos (en España todavía no había comics).

Continuará…

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