martes, 5 de septiembre de 2006

Y los sueños, sueños son...

He notado un suave chisporroteo y, al tiempo, dejo de oír esa torturante respiración ajena. Me siento ligero, sin dolores… nuevo… Mi vista se aclara y veo alejarse la cama lentamente. De espaldas al techo -con una estúpida sonrisa- noto como voy dejando atrás pensamientos y llegan otros nuevos. La nueva y misma vieja oportunidad de siempre…

Algo ha pasado a mi lado y he sentido un escalofrío. Lo primero que he pensado ha sido en crear un círculo mágico que me proteja. Al terminar, repito tres veces un mantra. Tras hacer esto me tranquilizo y miro alrededor (supongo que estoy mirando alrededor, pero quizá esté quieto en este inmensa oscuridad). No veo nada, pero siento que estoy en un sitio sin fin.

Me embarga una paz inconmensurable y levito en tan absoluta tranquilidad que -sintiendo la eternidad- no aspiro a más que a no cambiar de estado. Veo y comprendo todas y cada una de las acciones pasadas y presentes… y todo está bien y todo está mal. Todo tiene la más mínima importancia y lo que me hizo llorar y reír es nada…

Una tenue claridad comienza a abrirse paso y puedo ver mi cuerpo. La tela me cubre el rostro casi por completo, dejando entrever una cara marcada por las circunstancias; y estas no son buenas… o quizá sí. No sé.

De cualquier forma: poca relación con la foto. En ella, yo tengo nueve años y mi hermano, cuatro; los dos vestimos el uniforme del colegio y nuestros ojos ya muestran claramente lo que será de nuestras vidas.

Nada que ver con el macilento e hinchado rostro que tengo ante mí. Los algodones de la nariz están grisáceos y empapados por los huidizos fluidos. Un descuido del orondo empleado ha provocado que los labios queden entreabiertos, tan sólo unidos por un hilo viscoso casi transparente que hace aún más triste la triste imagen de un cuerpo sin vida.

Siento que es hora de volver, de perder el vacío…

Un leve murmullo de intensidad ascendente despierta mis percepciones... Un brusco zarandeo... Una luz que ciega mis ojos... Lo que hace un instante me había parecido un parpadeo, ahora lo siento como una eternidad y aunque elegí volver ya estoy empezando a arrepentirme. El vacío empieza a desaparecer y el dolor por lo perdido hace brotar un llanto acogido con horror por las gentes que de repente han aparecido a mi alrededor...

lunes, 4 de septiembre de 2006

Vida de uno (bis)

De repente, un día, entre fintas y mandobles, advertí que conocía al dedillo las atrocidades de todos los pasos crísticos colgados en las paredes. Poco a poco me habían ido calando las imágenes sangrantes, los crueles romanos, las maquinaciones judías y las mil y una historias de traición y muerte que contaba don José el cura desde el púlpito.

Ahora veo claro que nunca tuve una vocación real, pero aquel silencio que lo llenaba todo, aquella paz triste y comprensiva, el sol salvaje que entraba por los ventanales de la cúpula del altar mayor…

El caso es que cuando varios hijos de la cuadrilla anti polvo decidieron su ingreso en el seminario, algo dentro de mí pensó que también le daría una oportunidad a aquel tipo derrengado a golpes que pudiéndolo todo, todo lo permitía.

Poco tiempo después ya era monaguillo y vestía con orgullo el pequeño hábito blanco que guardaba tras cada eucaristía en un armarito de la iglesia. El hábito lo había heredado de mi madre después de que finalizara la promesa que, ésta, en un día de arrebato místico cursó a un santo de su devoción -al tiempo que comprometía los ancestrales deseos de anonimato a que un enfermizo sentido del ridículo siempre me han empujado-.

Durante un tiempo esa fue su única vestimenta externa. La pregunta típica era: ¿pero tu madre es monja? y la mía a mi madre: ¿hasta cuándo, hasta cuándo, hasta cuándo..?

No sé si fue premiada con algo, un simple gesto de agredecimiento al altísimo, o un cruce de cables; pero el caso es que la promesa llegó a su fin y, haciendo honor a nuestra extracción social, no pasó mucho tiempo hasta que se llevó la túnica a una habilidosa convecina para que la ajustara a mis medidas y cumplir de esta forma con los cánones de dar practicidad hasta lo más nimio, como suele ser común en la humilde clase obrera.

Ser monaguillo conllevaba tan sólo bondades: regalos por Navidad, propinas en las bodas y bautizos, comer los formas rotas sin consagrar… y hasta dar algún trago del vino de misa para que entrara aquel engrudo que se pegaba al cielo del paladar y que si te pillaba mal podía llegar a producir arcadas; cosa que siempre me asusto confesar por parecerme un desprecio al simbolismo cristiano.

Parte de nuestro trabajo consistía en ayudar a vestirse al cura para la celebración de la misa y en sentarnos en unos banquitos que había a los lados del altar para ir acercando "la herramienta" al titular de la parroquia -o a aquel otro sustituto al que las beatas conocían como "El pájaro espino", por su novedoso no uso de la asexuada sotana, sorprendente trato desenfadado y relación cuasi amistosa con los jóvenes y jóvenas del pueblo-.

Básicamente, y como había empezado a decir, una de las labores del monaguillo consistía en llevar las vinajeras hasta el altar y recogerlas. Las vinajeras eran dos jarritas de cristal, depositadas sobre una bandeja del mismo material, que contenían vino y agua. El primero, por aquello de la sangre de Cristo y la segunda, para rebajar al primero y que el desarrollo de la eucaristía –intuyo- fuera lo más normalizado posible.

La experiencia más oscura fue la de auxiliar al cura en un funeral. Una y no más…

viernes, 1 de septiembre de 2006

Vida de uno

Aún en el hospital, se pide a un auxiliar algo para guardar la ropa y al rato una persona de cara aburrida trae una bolsa de basura. Perfecta metáfora y continente para unas prendas tristes y sin esperanza. A fin de cuentas es ropa de vestirse por no ir desnudo, zapatos de no andar… Un vestuario de espera que no merece mejor final que este.

La limpieza de la habitación se resume en un veloz paño por encima de casi nada y una posterior huida despavorida sin fijar los ojos en nadie. Manchas ocres -que parecen sangre vieja- en las paredes pintadas de un blanco sucio rayado y superado por los años completan el decorado.

Lo último que conseguí mover fueron los ojos. Después, acompañado por una respiración sin vida que parecía de otro, comprendí que sólo me quedaba recordar, pensar con calma en mis años de seminario…

Todo comenzó cuando un grupo de beatas aceptó hacerse cargo de la limpieza del templo parroquial. Mi madre formaba parte de la brigada anti polvo y eso nos permitía corretear por todos los recovecos de la iglesia a nuestras anchas -en pocos días habíamos dejando en mantillas al gran Guillermo Brown.

Recuerdo con especial regocijo aquella temporada de luchas a espada en que por fin pudimos desplegar todas las enseñanzas obtenidas de las continuas lecturas de “El Jabato” y de “El Corsario de Hierro”. Eso sí, a falta de aceros toledanos de los que servirnos, optamos por echar mano- inadvertidamente- a un par de fémures huérfanos y desamparados.

El “armamento” utilizado databa de los años en que una riada había arrasado el cementerio municipal -ubicado en la rambla que bajaba toda el agua de los montes y escombreras mineras- quedando, de resueltas de aquello, montoneras de huesos desparejados.

Al no saber qué hacer con ellos, los poderes fácticos decidieron que sería responsabilidad de la iglesia su custodia hasta encontrar nuevo acomodo. Intuyo que el cura, ante la duda de si eran huesos sagrados –enterrados en tierra bendecida- o de aquellos otros de la parte más agreste en la que se enterraba a los suicidas, los pasó de forma temporal a un saco de arpillera y, posteriormente olvidados, alguien acabó arrumbándolos en el rincón oscuro -entre la sacristía, el baño y la escalera que daba al piso superior de la parte menos santa del edificio. Lugar de reunión, entre otras, de la asociación de alcohólicos anónimos- del que los cogíamos nosotros para emular a nuestros héroes de los tebeos (en España todavía no había comics).

Continuará…