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viernes, 14 de octubre de 2011
jueves, 5 de agosto de 2010
San Pedro vino a verme
Siempre puse cara a los personajes sin ella. Normalmente utilizo las de gentes que ya conozco o se me aparecen por la cabeza -la verdad es que a veces me sorprendo pensando de dónde las habré sacado-, pero hay ocasiones en que el cine me facilita esta labor. Por ejemplo, San Pedro, para servidor, es éste señor de abajo. Sin coacciones ni amenazas, nunca un mal gesto, explica las cosas y se le obedece porque sí, porque esa es su función: el ser obedecido. Aclaro que es el portero del Reino de Dios, para el que no lo sepa.

Bueno, pues anoche vino a decirme que me llevara cuidado, ya que se le había indicado desde la gerencia que, hasta nueva orden, debía negarme el paso si me presentaba por allí.
- Oiga, ¿pero es que ya me toca?
- No, obligatoriamente, pero como aquí el tiempo es tan relativo, pues es costumbre adelantar trabajo.
- Bueno, me deja más tranquilo. Pero, ya que estamos, ¿me podría indicar qué es lo que se tiene contra mí?
- Hombre, la pregunta sería más correcta si la hicieras al revés: ¿qué tienes tú contra nosotros?
- ¿Yo? Nada, nada. ¿Les debo recordar que fui monaguillo?
- ¿Te debo recordar que te bebías el vino de misa?
- ¡Bah, chiquilladas!
- Ya.
- A lo que íbamos. Yo no tengo nada en contra del de arriba -faltaba más-, mis reticencias son más bien terrenales. Soy bastante cuidadoso e intento no mezcar lo divino con lo humano.
- No te entiendo.
- Mire, Don Pedro, yo tengo responsabilidades. Pase que a mí me bautizaran, que me aprendiera como un papagayo todas las oraciones y que con seis años me rebozarán por la Comunión, pero a los que dependen de mi tutela voy a intentar no hacerles la misma jugada.
- ¿Jugada? Oye, ¿pero a ti te ha hecho algún mal el estar a buenas con Dios?
- Le repito que esto no tiene nada que ver con Dios. Hablo más bien de la Iglesia y de toda la que tienen montada aquí abajo.
- Estás exagerando. La organización que tenemos aquí abajo, como tú dices, permite ayudar a muchas personas.
- Ya, y errare humanum est, y como aquí veo mucho yerro entre tanta organización, intentaré explicar las cosas a los míos tal y como yo las entiendo, para que, en la medida de su corta edad, puedan ir participando en las toma de decisiones que arrastrarán el resto de su vida.
- Bueno, tú verás, ya sabes de lo que vine a avisarte.
- Para bien o para mal no soy Job. Estoy seguro que Él lo entenderá.
- No lo dudes.
- Pues eso.
- Adiós, Pepito.
- Gracias por la visita. Salude a Ángel de mi parte.
- ¿A cuál?
- ¡Ups! Disculpe... Peñalver, Ángel Peñalver. Dígale que sigo recordándolo cada vez que escucho a Bob Marley.

Bueno, pues anoche vino a decirme que me llevara cuidado, ya que se le había indicado desde la gerencia que, hasta nueva orden, debía negarme el paso si me presentaba por allí.
- Oiga, ¿pero es que ya me toca?
- No, obligatoriamente, pero como aquí el tiempo es tan relativo, pues es costumbre adelantar trabajo.
- Bueno, me deja más tranquilo. Pero, ya que estamos, ¿me podría indicar qué es lo que se tiene contra mí?
- Hombre, la pregunta sería más correcta si la hicieras al revés: ¿qué tienes tú contra nosotros?
- ¿Yo? Nada, nada. ¿Les debo recordar que fui monaguillo?
- ¿Te debo recordar que te bebías el vino de misa?
- ¡Bah, chiquilladas!
- Ya.
- A lo que íbamos. Yo no tengo nada en contra del de arriba -faltaba más-, mis reticencias son más bien terrenales. Soy bastante cuidadoso e intento no mezcar lo divino con lo humano.
- No te entiendo.
- Mire, Don Pedro, yo tengo responsabilidades. Pase que a mí me bautizaran, que me aprendiera como un papagayo todas las oraciones y que con seis años me rebozarán por la Comunión, pero a los que dependen de mi tutela voy a intentar no hacerles la misma jugada.
- ¿Jugada? Oye, ¿pero a ti te ha hecho algún mal el estar a buenas con Dios?
- Le repito que esto no tiene nada que ver con Dios. Hablo más bien de la Iglesia y de toda la que tienen montada aquí abajo.
- Estás exagerando. La organización que tenemos aquí abajo, como tú dices, permite ayudar a muchas personas.
- Ya, y errare humanum est, y como aquí veo mucho yerro entre tanta organización, intentaré explicar las cosas a los míos tal y como yo las entiendo, para que, en la medida de su corta edad, puedan ir participando en las toma de decisiones que arrastrarán el resto de su vida.
- Bueno, tú verás, ya sabes de lo que vine a avisarte.
- Para bien o para mal no soy Job. Estoy seguro que Él lo entenderá.
- No lo dudes.
- Pues eso.
- Adiós, Pepito.
- Gracias por la visita. Salude a Ángel de mi parte.
- ¿A cuál?
- ¡Ups! Disculpe... Peñalver, Ángel Peñalver. Dígale que sigo recordándolo cada vez que escucho a Bob Marley.
martes, 3 de agosto de 2010
Jesucristo enjolibudizado
El otro día leí que en algún sitio habían montado Memento (de Cristopher Nolan) en un orden "adecuado".

No sé, supongo que me acosté con ese intríngulis en la cabeza y hoy, en pleno duermevela, me ha dado por imaginar que la fiebre "remake" que se gastan en Hollywood va a conseguir que uno de estos días vea a Jesucristo crucificado (contrapicado hasta close up), con cara de sufrimiento -hasta aquí normal- haciendo un esfuerzo sobrehumano -sin mérito- por soltarse los clavos, y, una vez conseguido; ya en el suelo, ecceomotizado, agarrarse a la cruz, mientras la sangre le huye a borbotones por las heridas, y tirar, tirar, tirar... hasta sacarla del monte Calvario, para empezar a soltar mandobles con ella a diestro y siniestro, reventando romanos pasmados -algunos arrodillados, pero para ellos tampoco es posible ya el perdón- hasta quedarse solo. Lentos travellings de cabezas rotas, orgía justiciera bajo un sol cegador, la Virgen María que llora, la otra que también, como una Magdalena -claro...
Jesucristo, falto un poco de aire -para darle pulso dramático a la escena, no porque se haya cansado- y sabiendo que ha fastidiado el plan del Jefe, da un beso a su madre y, renqueante -igual-, parte hacia esos "otros" años perdidos que tanta cancha han dado a la imaginación.
Volverá.
Ah, el Altísimo sonríe, que no da puntada sin hilo.

No sé, supongo que me acosté con ese intríngulis en la cabeza y hoy, en pleno duermevela, me ha dado por imaginar que la fiebre "remake" que se gastan en Hollywood va a conseguir que uno de estos días vea a Jesucristo crucificado (contrapicado hasta close up), con cara de sufrimiento -hasta aquí normal- haciendo un esfuerzo sobrehumano -sin mérito- por soltarse los clavos, y, una vez conseguido; ya en el suelo, ecceomotizado, agarrarse a la cruz, mientras la sangre le huye a borbotones por las heridas, y tirar, tirar, tirar... hasta sacarla del monte Calvario, para empezar a soltar mandobles con ella a diestro y siniestro, reventando romanos pasmados -algunos arrodillados, pero para ellos tampoco es posible ya el perdón- hasta quedarse solo. Lentos travellings de cabezas rotas, orgía justiciera bajo un sol cegador, la Virgen María que llora, la otra que también, como una Magdalena -claro...
Jesucristo, falto un poco de aire -para darle pulso dramático a la escena, no porque se haya cansado- y sabiendo que ha fastidiado el plan del Jefe, da un beso a su madre y, renqueante -igual-, parte hacia esos "otros" años perdidos que tanta cancha han dado a la imaginación.
Volverá.
Ah, el Altísimo sonríe, que no da puntada sin hilo.
lunes, 4 de mayo de 2009
Madrugada para olvidar

De madrugada, al volver de preparar el biberón, un cocodrilo de Lacoste me esperaba agazapado entre las sábanas. Era verde y, aún con una sola dimensión, el goteante muñón en que quedó convertida mi pierna confirmó rápidamente su peligrosidad (M. no se había despertado. Dormía a su lado, tan pancha. Claro, pensé, es un poco pija y el bicho nunca iría contra ella).
Tras la dentellada eché mano a lo primero que pillé. ¿El mp4? No... ¡Fuera, otra cosa...! ¡¡¡Stendhal en tapa dura!!!
¡Zas, zas, zas...! en todo el ojo... y el bicho que se evapora como la oruga de Alicia.
Al mirar hacia abajo, lo que queda de pierna ya está meticulosamente enfundado y coronado por un imperdible -big size- rojo Ferrari.
¿Y ahora qué hago? ¿Qué cuento mañana en la oficina?
"Vaya, vaya, que mala pata, ¿eh?" "Así que un cocodrilo a traición". "Bueno, algo le habrás hecho, que un Lacoste es un Lacoste y no creo que él fuera a buscarte sin mediar provocación".
Valientes hijos de puta el cocodrilo y los del trabajo. De un día para otro, cojo. ¿Y a ver qué hago? No puedo conducir y no tengo ni un mísero bastón... ¡Caguen la pena negra! Mi vida destrozada en un segundo. Miro la ventana y medito seriamente despeñarme desde el quinto piso, pero la persiana está bajada casi completamente y con el ruido de subirla voy a despertar a los niños. Mejor intento dormir un poco.
Tras la dentellada eché mano a lo primero que pillé. ¿El mp4? No... ¡Fuera, otra cosa...! ¡¡¡Stendhal en tapa dura!!!
¡Zas, zas, zas...! en todo el ojo... y el bicho que se evapora como la oruga de Alicia.
Al mirar hacia abajo, lo que queda de pierna ya está meticulosamente enfundado y coronado por un imperdible -big size- rojo Ferrari.
¿Y ahora qué hago? ¿Qué cuento mañana en la oficina?
"Vaya, vaya, que mala pata, ¿eh?" "Así que un cocodrilo a traición". "Bueno, algo le habrás hecho, que un Lacoste es un Lacoste y no creo que él fuera a buscarte sin mediar provocación".
Valientes hijos de puta el cocodrilo y los del trabajo. De un día para otro, cojo. ¿Y a ver qué hago? No puedo conducir y no tengo ni un mísero bastón... ¡Caguen la pena negra! Mi vida destrozada en un segundo. Miro la ventana y medito seriamente despeñarme desde el quinto piso, pero la persiana está bajada casi completamente y con el ruido de subirla voy a despertar a los niños. Mejor intento dormir un poco.
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lunes, 11 de septiembre de 2006
El tiempo
Estaba en la cama sobrellevando las primeras luces de la mañana, medio pensando en lo que sería de mí en el nuevo día, cuando se presentó sin avisar. Al rato, y sin saber cómo, vinimos a convenir que el tiempo no es sino una burda construcción mental utilizada para dotar de cadencia a vidas en las que sin el sentido de la pérdida permanentemente presente no quedaría nada salvo el vacío, la nada existencial y el miedo desesperado a lo desconocido.
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martes, 5 de septiembre de 2006
Y los sueños, sueños son...
He notado un suave chisporroteo y, al tiempo, dejo de oír esa torturante respiración ajena. Me siento ligero, sin dolores… nuevo… Mi vista se aclara y veo alejarse la cama lentamente. De espaldas al techo -con una estúpida sonrisa- noto como voy dejando atrás pensamientos y llegan otros nuevos. La nueva y misma vieja oportunidad de siempre…
Algo ha pasado a mi lado y he sentido un escalofrío. Lo primero que he pensado ha sido en crear un círculo mágico que me proteja. Al terminar, repito tres veces un mantra. Tras hacer esto me tranquilizo y miro alrededor (supongo que estoy mirando alrededor, pero quizá esté quieto en este inmensa oscuridad). No veo nada, pero siento que estoy en un sitio sin fin.
Me embarga una paz inconmensurable y levito en tan absoluta tranquilidad que -sintiendo la eternidad- no aspiro a más que a no cambiar de estado. Veo y comprendo todas y cada una de las acciones pasadas y presentes… y todo está bien y todo está mal. Todo tiene la más mínima importancia y lo que me hizo llorar y reír es nada…
Una tenue claridad comienza a abrirse paso y puedo ver mi cuerpo. La tela me cubre el rostro casi por completo, dejando entrever una cara marcada por las circunstancias; y estas no son buenas… o quizá sí. No sé.
De cualquier forma: poca relación con la foto. En ella, yo tengo nueve años y mi hermano, cuatro; los dos vestimos el uniforme del colegio y nuestros ojos ya muestran claramente lo que será de nuestras vidas.
Nada que ver con el macilento e hinchado rostro que tengo ante mí. Los algodones de la nariz están grisáceos y empapados por los huidizos fluidos. Un descuido del orondo empleado ha provocado que los labios queden entreabiertos, tan sólo unidos por un hilo viscoso casi transparente que hace aún más triste la triste imagen de un cuerpo sin vida.
Siento que es hora de volver, de perder el vacío…
Un leve murmullo de intensidad ascendente despierta mis percepciones... Un brusco zarandeo... Una luz que ciega mis ojos... Lo que hace un instante me había parecido un parpadeo, ahora lo siento como una eternidad y aunque elegí volver ya estoy empezando a arrepentirme. El vacío empieza a desaparecer y el dolor por lo perdido hace brotar un llanto acogido con horror por las gentes que de repente han aparecido a mi alrededor...
Algo ha pasado a mi lado y he sentido un escalofrío. Lo primero que he pensado ha sido en crear un círculo mágico que me proteja. Al terminar, repito tres veces un mantra. Tras hacer esto me tranquilizo y miro alrededor (supongo que estoy mirando alrededor, pero quizá esté quieto en este inmensa oscuridad). No veo nada, pero siento que estoy en un sitio sin fin.
Me embarga una paz inconmensurable y levito en tan absoluta tranquilidad que -sintiendo la eternidad- no aspiro a más que a no cambiar de estado. Veo y comprendo todas y cada una de las acciones pasadas y presentes… y todo está bien y todo está mal. Todo tiene la más mínima importancia y lo que me hizo llorar y reír es nada…
Una tenue claridad comienza a abrirse paso y puedo ver mi cuerpo. La tela me cubre el rostro casi por completo, dejando entrever una cara marcada por las circunstancias; y estas no son buenas… o quizá sí. No sé.
De cualquier forma: poca relación con la foto. En ella, yo tengo nueve años y mi hermano, cuatro; los dos vestimos el uniforme del colegio y nuestros ojos ya muestran claramente lo que será de nuestras vidas.
Nada que ver con el macilento e hinchado rostro que tengo ante mí. Los algodones de la nariz están grisáceos y empapados por los huidizos fluidos. Un descuido del orondo empleado ha provocado que los labios queden entreabiertos, tan sólo unidos por un hilo viscoso casi transparente que hace aún más triste la triste imagen de un cuerpo sin vida.
Siento que es hora de volver, de perder el vacío…
Un leve murmullo de intensidad ascendente despierta mis percepciones... Un brusco zarandeo... Una luz que ciega mis ojos... Lo que hace un instante me había parecido un parpadeo, ahora lo siento como una eternidad y aunque elegí volver ya estoy empezando a arrepentirme. El vacío empieza a desaparecer y el dolor por lo perdido hace brotar un llanto acogido con horror por las gentes que de repente han aparecido a mi alrededor...
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